sábado, 20 de septiembre de 2008

La estrella mediática

Leopoldo se está convirtiendo en una estrella mediática. Últimamente lo llaman muchos periodistas para que explique la recién bautizada"crisis ninja" y él, con lenguaje llano, con su amable rostro campechano y su sentido del humor, responde diligente a las preguntas del presentador de turno. Yo, que soy obtusa para la economía, gracias a este educado ingeniero septuagenario he empezado a entender un poco cómo se ha formado este tinglado, esta enorme bola de nieve.

A Leopoldo no le da miedo parecer lo suficientemente listo para los telespectadores, a veces duda de alguna cifra o nombre y no se siente azorado por ello. Entonces te das cuenta de que es un hombre de fiar, no de ésos que con palabras huecas sólo quieren aparentar.
Algunos piensan que este solícito "divulgador" es peligroso. Su fama empieza a crecer y puede crear alarma en la población. Yo creo todo lo contrario, es mejor conocer a lo que nos enfrentamos y abandonar el molesto estado de ignoracia e incertidumbre que los políticos aprovechan para seguir manipulándonos.

Leopoldo, con sus dos asignaturas de económicas aprobadas hace cincuenta años y la lectura diaria de dos periódicos, menciona a sus amigos a lo largo de la conversación en TV3. ¿Se puede pedir más sentido común, más autenticidad?. Mientras Madonna aumenta considerablemente su cuenta corriente con fuegos de artificio y playback a precio de oro, la nueva estrella mediática ofrece gratis y con humildad su receta para pasar la crisis: "prudencia, optimismo y evitar distracciones".

lunes, 1 de septiembre de 2008

El trastorno por gilipolleces

Se acabaron las vacaciones, el miércoles volvemos al trabajo. La depresión postvacacional ha aparecido, como siempre, nada más pisar suelo patrio. Siempre he pensado que estoy en el lugar equivocado, por eso no me pasan cosas interesantes; ¿será por esto lo del síndrome de adaptación?, ¿será por esto que me gusta viajar al extranjero y leer?.

Como hay que seguir hacia delante, empiezo mis propósitos para el nuevo curso: hacer deporte, seguir con el inglés, con el francés....etc, etc, etc. Así me animo, hay tantas cosas que aprender que no me dará tiempo de pensar demasiado.

Durante el viaje leí la última novela de Elvira Lindo, Una palabra tuya, que se ha llevado al cine y acaba de estrenarse. Me ha gustado mucho, los personajes son muy reales. Una historia triste y dura. Oí decir a la autora que se identificaba con las dos mujeres; curiosamente yo también. Me ha dejado con ganas de más.
De Budapest vengo también con mono de bici. Tantos días viendo a aguerridos ciclistas urbanos pedaleando con brío paralelos al Danubio ha dejado poso. Sortean los obstáculos con una agilidad que pasma, pasan a tu lado sin oírlos con una elegancia prestada de la ciudad.

Se acabó la tregua, he vuelto a sentir el calor pegajoso y el ruido del autobús, cuya parada debajo de mi ventana desquicia mis nervios y me despierta al amanecer. Afortunadamente en unos días volveremos al café con los compañeros a mitad de la mañana, a las conversaciones y preguntas-respuestas de rigor.
El bronceado va despareciendo y la vida sigue igual, que decía Julio Iglesias, y a mí me surge una duda de repente, ¿no será que al final lo de romper la rutina es contraproducente?, ¿no será que en realidad en lugar del síndrome de adaptación padecemos de crisis existencial; una insatisfacción vital, un aburrimiento crónico que ningún viaje puede curar?.

Me consuela oír en la radio que estas preguntas son una prueba de que sufro el TPG (trastorno por gilipolleces). El psicólogo dice con humor a través de las ondas que el síntoma característico es que nos angustiamos por memeces porque no estamos pasando por una situación crítica, tipo enfermedad incurable o degenerativa propia o de un ser querido, inanición constante, pobreza extrema, guerras, etc. Circunstancias que requerirían todo nuestro instinto de supervivencia y en las que no nos daría tiempo a sentarnos delante del ordenador a regodearnos en nuestras pequeñas miserias, a lamentarnos de que no tenemos todo lo que nos venden las revistas y la televisión. Después de poner nombre a mi trastorno, de catalogarlo dentro de las dolencias típicas del hombre occidental del siglo XXI, me quedo más tranquila. Si es así, pienso, bendito TPG.