Se acabaron las vacaciones, el miércoles volvemos al trabajo. La depresión postvacacional ha aparecido, como siempre, nada más pisar suelo patrio. Siempre he pensado que estoy en el lugar equivocado, por eso no me pasan cosas interesantes; ¿será por esto lo del síndrome de adaptación?, ¿será por esto que me gusta viajar al extranjero y leer?.
Como hay que seguir hacia delante, empiezo mis propósitos para el nuevo curso: hacer deporte, seguir con el inglés, con el francés....etc, etc, etc. Así me animo, hay tantas cosas que aprender que no me dará tiempo de pensar demasiado.
Durante el viaje leí la última novela de Elvira Lindo, Una palabra tuya, que se ha llevado al cine y acaba de estrenarse. Me ha gustado mucho, los personajes son muy reales. Una historia triste y dura. Oí decir a la autora que se identificaba con las dos mujeres; curiosamente yo también. Me ha dejado con ganas de más.
De Budapest vengo también con mono de bici. Tantos días viendo a aguerridos ciclistas urbanos pedaleando con brío paralelos al Danubio ha dejado poso. Sortean los obstáculos con una agilidad que pasma, pasan a tu lado sin oírlos con una elegancia prestada de la ciudad.
Se acabó la tregua, he vuelto a sentir el calor pegajoso y el ruido del autobús, cuya parada debajo de mi ventana desquicia mis nervios y me despierta al amanecer. Afortunadamente en unos días volveremos al café con los compañeros a mitad de la mañana, a las conversaciones y preguntas-respuestas de rigor.
El bronceado va despareciendo y la vida sigue igual, que decía Julio Iglesias, y a mí me surge una duda de repente, ¿no será que al final lo de romper la rutina es contraproducente?, ¿no será que en realidad en lugar del síndrome de adaptación padecemos de crisis existencial; una insatisfacción vital, un aburrimiento crónico que ningún viaje puede curar?.
Me consuela oír en la radio que estas preguntas son una prueba de que sufro el TPG (trastorno por gilipolleces). El psicólogo dice con humor a través de las ondas que el síntoma característico es que nos angustiamos por memeces porque no estamos pasando por una situación crítica, tipo enfermedad incurable o degenerativa propia o de un ser querido, inanición constante, pobreza extrema, guerras, etc. Circunstancias que requerirían todo nuestro instinto de supervivencia y en las que no nos daría tiempo a sentarnos delante del ordenador a regodearnos en nuestras pequeñas miserias, a lamentarnos de que no tenemos todo lo que nos venden las revistas y la televisión. Después de poner nombre a mi trastorno, de catalogarlo dentro de las dolencias típicas del hombre occidental del siglo XXI, me quedo más tranquila. Si es así, pienso, bendito TPG.
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