sábado, 18 de octubre de 2008

Sobredosis de realidad

Acaba de estrenarse en el cine Camino de Javier Fesser, que todavía no he visto, pero que me ha hecho pensar en los recursos mentales que nos ayudan a afrontar los momentos duros de la vida. Cuando ví el tráiler me impresionó mucho, pero la imagen de una niñita enferma sufriendo tanto me produjo rechazo y pensé que ya la vería tranquilamente en el dvd de casa. La gente con enfermedades incurables y dolorosas me produce ansiedad y no sé si tendría que salir pitando de la sala de cine.

El film se presenta polémico, está basado en hechos reales. Una niña que ahora tendría mi edad murió de cáncer en las cervicales. Pertenecía a una familia muy católica, del Opus, que inculcó en ella la filosofía de resignación cristiana y la sublimación a través del sufrimiento. Hoy está en proceso de beatificación. El director ha consultado a gente que conoció los hechos, pero nunca se entrevistó con la familia, a la que prometió que nunca utilizaría el nombre verdadero de su hija o hermana para publicitar la película. La realidad es que desde el primer momento hemos sabido de quién se trataba, incluso vimos a la madre en entrevistas televisivas de hace años. Yo misma, buscando información sobre el tema, he consultado la página web pro-santificación de la protagonista con vídeos y fotos de la pequeña.

Como no he visto la película no puedo hablar sobre ella, pero de las declaraciones hechas por Fesser he sacado la impresión de que la intención del director es indagar en los sentimientos y angustias por los que debió de pasar Camino en los diez meses que duró su suplicio. El miedo inmenso que seguramente experimentó en momentos tan terribles y los mecanismos psicólogicos de los que echó mano ella y su familia para aguantar la agonía. Los científicos dicen que los creyentes se recuperan mejor de las dolencias e incluso sienten menos dolor gracias a su Fe y ellos, profundamente católicos, decidieron pensar que lo mejor era creer que la enfermedad era una oportunidad, un privilegio para acercarse a Dios y al Cielo en lugar de una tortura absurda e incomprensible.

Fesser dice que hay que respetar todas las opiniones y creencias, pero la familia le reprocha la imagen fría de la madre y la hermana y el mensaje de que la familia, en cierta forma, se regocijó con la muerte. El Opus, por su parte, considera que se da una visión tergivesada de la Obra.
Yo me pongo en el lugar de la familia y comprendo que se sientan molestos, pero también entiendo, como me decía el otro día un compañero de trabajo, que en el momento en que alguien decide exponer públicamente parte de su vida tiene que aceptar las opiniones y las visiones que los demás extraigan de él.

En cualquier caso, y salvando las distancias, ¿no hacemos todos continuamente lo mismo todo el tiempo?. ¿No nos fabricamos un mundo subconsciente que nos libera de miedos y culpabilidades y donde eliminamos los que nos incomoda?. Disculpamos a una pareja que nos maltrata o manipula, decimos que si cuando en realidad queremos gritar un NO para no perder amistades, defendemos a capa y espada comportamientos de personas queridas que nunca toleraríamos en otras, nos aferramos a la idea de que las cosas no son tan graves y se solucionarán con el tiempo. Porque si utilizáramos un sistema de pensamiento lógico y racional y lo aplicáramos a rajatabla seguramente nos daríamos cuenta de que en realidad estamos solos y la vida es un sitio lleno de peligros. Y aunque, como dijo algún filósofo, así nacemos y así moriremos, ante esa imagen no podemos evitar sentir vértigo y desazón. Un vértigo paralizante frente al que se abre un abismo desolador. No estoy segura de que el ser humano sea una especie diseñada para aguantar tanta realidad. Personalmente me imagino la soledad muy negra; y a mí, siempre me ha dado miedo la oscuridad.

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