domingo, 24 de agosto de 2008

En Budapest

Hoy hemos llegado a Budapest a las 13,30 en un avión de Czesc Airlines donde te daban de comer y todo (yo creía que esto ya no existía). La maleta nueva estaba hecha polvo, se ha descosido la cremallera, tendremos que reclamar cuando volvamos. El hotel está en el centro de la ciudad, al lado de la Ópera. Después de descansar un rato, hemos salido a dar una vuelta por la avenida Andrassy (patrimonio de la Humanidad, de unos cinco kilómetros de distancia; en unas calles laterales he visto la bandera española, eran el Instituto Cervantes y la embajada), donde hemos tomado unas cervezas con pizza para seguir paseando; hemos visto una iglesia católica y la estacion de tren.
Manana seguiremos viendo más cosas de la capital de Hungría, la octava ciudad mas grande de Europa.

domingo, 17 de agosto de 2008

Lecturas de verano

Ahora que tengo más tiempo libre por esto de las vacaciones me pasé por la biblioteca pública para sacar algunos libros con los que entretenerme. Los cogí casi al azar porque no encontraba la lista que hice hace meses con títulos que podían ser interesantes.
El resultado fue El pie de Jaipur de Javier Moro, El viaje Nupcial de Ismaïl Kadare y El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida de Philippe Delerm.

El primero cuenta cómo salen adelante dos chicos que quedan en sillas de ruedas después de un accidente; con fotos y declaraciones de los protagonistas y sus familiares y amigos. Una historia real que resulta estimulante por el tesón y el afán de superación de estos jóvenes que Moro entrevista durante meses y también por el proceso de asimilación del tremendo cambio que sufren sus vidas y las de su entorno. El autor lleva muchos años trabajando para medios españoles y extranjeros, ha colaborado con Dominique Lapierre, ha coproducido y coescrito los guiones de las películas Valentina y Crónica del Alba e incluso estuvo en Hollywood una temporada y trabajó con Ridley Scott. Su libro La Pasión India, donde recuerda la vida de la bailarina andaluza Anita Delgado y su matrimonio con un marajá de la India puede ser llevada al cine muy pronto si Penélope Cruz, que ha comprado los derechos, consigue que los sucesores de la majaraní no pongan impedimentos.

El segundo es una leyenda medieval de un escritor albanés que comenzó muy joven a publicar y cuyo nombre ha sonado varias veces como posible premio nobel. También está metido en política y ha ejercido de diputado y vicepresidente del Frente Democrático de Albania. Un libro entretenido que cuenta de forma sencilla tradiciones de un país bastante desconocido todavía. Me gustaría saber qué piensa Kadare de la reciente creación del estado independiente de Kosovo con mayoría de población albanesa. Hecho de menos en los medios de comunicación espacios donde gente valiosa y solvente como él nos ayude a entender mejor los hechos de actualidad que pasan como un relámpago por los telediarios, compartiendo espacio con nube tóxica producida por socorrista pasota y despistaílla o pareja de ancianos con pensión de 500 euros que no puede hacer frente a las aguas fecales de sus vecinos que se acumulan en su vivienda (noticias vistas hace unos días que nos recuerdan que en verano los periodistas no tienen temas).

El último, un best-seller en Francia. Un librito de 100 páginas con capítulos cortos dedicado cada uno de ellos, como dice el título, a esos pequeños placeres de la existencia cotidiana que, aunque simples, nos hacen la vida más llevadera y sin los cuales peligraría nuestro equilibrio mental: los croissants recién hechos por la mañana, el primer jersey del otoño, un viaje en tren, las cenas improvisadas con los amigos, etc. Editado en 1997, me ha parecido un precursor de lo que más tarde ha ocurrido con el boom de los blogs, donde miles de personas anónimas nos ponemos a contar cosas parecidas.

martes, 12 de agosto de 2008

El tren de las 11:40

Su gorra y su bastón estaban cuidadosamente colocados encima de las piedras. Parecía que lo había hecho con tiempo, calculando de forma serena cada uno de sus movimientos. Se había despojado de ellos como seguramente lo habría hecho miles de veces antes al llegar a casa para comer, o en el bar en el que quizá tomaba de vez en cuando un chato de vino con los amigos. Era el pasado lunes, 11 de agosto, después de la una del mediodía y bajo un sol asfixiante que convirtió todo el país en un horno gigante donde costaba respirar.
Me incliné un poco hacia una de las ventanas del vagón y pude ver sus piernas desde la rodilla hasta los pies. Las piernas bien torneadas de un hombre mayor. Cuarenta y cinco minutos estuvimos parados a la salida de aquel pueblo llano y pequeño. Vimos llegar a un joven guardia civil que después de estar un rato hablando con el personal del tren subió para preguntarnos amablemente si habíamos sufrido algún daño a causa de la contusión. ¿Y qué contusión?, pensé yo. Allí nadie nos dimos cuenta de nada hasta que no vino el revisor a avisarnos. Fueron llegando más guardias, dos mujeres jóvenes que parecían personal sanitario y que se marcharon enseguida porque lamentablemente allí ya no había nadie a quien atender.
A cincuenta metros de la vía empezó a agolparse gente curiosa que miraba desde lejos el incidente. Al final el tren empezó a moverse lentamente y reanudamos el viaje. Yo miraba triste su bastón y su gorra abandonados en los que nadie reparaba. Espero que alguien se diera cuenta y los recogiera con el mismo cuidado con el que él los colocó. Para sus seres queridos sin duda será algo muy valioso que les gustará conservar.
Paralelo al tren, un señor del pueblo empezó a correr desesperadamente hasta que lo dejamos atrás. El bastón y la gorra ya tienen nombre, pensé, y aquel trote angustioso era sin duda el del mensajero que tiene que dar la terrible noticia.