martes, 12 de agosto de 2008

El tren de las 11:40

Su gorra y su bastón estaban cuidadosamente colocados encima de las piedras. Parecía que lo había hecho con tiempo, calculando de forma serena cada uno de sus movimientos. Se había despojado de ellos como seguramente lo habría hecho miles de veces antes al llegar a casa para comer, o en el bar en el que quizá tomaba de vez en cuando un chato de vino con los amigos. Era el pasado lunes, 11 de agosto, después de la una del mediodía y bajo un sol asfixiante que convirtió todo el país en un horno gigante donde costaba respirar.
Me incliné un poco hacia una de las ventanas del vagón y pude ver sus piernas desde la rodilla hasta los pies. Las piernas bien torneadas de un hombre mayor. Cuarenta y cinco minutos estuvimos parados a la salida de aquel pueblo llano y pequeño. Vimos llegar a un joven guardia civil que después de estar un rato hablando con el personal del tren subió para preguntarnos amablemente si habíamos sufrido algún daño a causa de la contusión. ¿Y qué contusión?, pensé yo. Allí nadie nos dimos cuenta de nada hasta que no vino el revisor a avisarnos. Fueron llegando más guardias, dos mujeres jóvenes que parecían personal sanitario y que se marcharon enseguida porque lamentablemente allí ya no había nadie a quien atender.
A cincuenta metros de la vía empezó a agolparse gente curiosa que miraba desde lejos el incidente. Al final el tren empezó a moverse lentamente y reanudamos el viaje. Yo miraba triste su bastón y su gorra abandonados en los que nadie reparaba. Espero que alguien se diera cuenta y los recogiera con el mismo cuidado con el que él los colocó. Para sus seres queridos sin duda será algo muy valioso que les gustará conservar.
Paralelo al tren, un señor del pueblo empezó a correr desesperadamente hasta que lo dejamos atrás. El bastón y la gorra ya tienen nombre, pensé, y aquel trote angustioso era sin duda el del mensajero que tiene que dar la terrible noticia.

No hay comentarios: