lunes, 30 de marzo de 2009

Pijo a la española

Cuando volvía de Venecia en el avión, había una azafata española que informaba al pasaje por megafonía con ese acento aspirado y arrastrado que llamamos pijo y que me dejó un tufillo de poca solvencia profesional.

Siempre he pensado que esta impostura, que en algunos parece tan natural, puede ser un valor añadido en profesiones como modisto, estilista o decorador, algo así como una pátina de genialidad artística que los distingue del resto de asalariados que se tienen que conformar con vulgares trabajos alimenticios. Si un amanerado peluquero con una imagen superfashion es el encargado de modernizar mi melena, sin duda pensaría que estoy en buenas manos y me arrellanaría confiada en el sillón lavacabezas esperando con ilusión ver mi nuevo look en el espejo; sin embargo, saldría corriendo si el médico que me va a operar a corazón abierto me informara de los riesgos que voy a tener en la mesa de operaciones atusándose la melena y jurándome por Snoopy que la cicatriz no se notará y voy a quedar divinamente.

El esnobismo, que puede llegar a disculparse en determinadas ocupaciones o en aquéllos que están avocados genética y ambientalmente a ello (no me imagino a Tamara Falcó hablando o comportándose de otra forma), resulta doblemente ridículo en los advenedizos del quiero y no puedo, y ya sé que en este punto corro el riesgo de parecer discriminatoria.

Ese afán por parecer superguay, de distinguirse con sus ademanes de la plebe y rodearse compulsivamente de cosas caras y bellas denota una inseguridad que, aún digna de conmiseración, a mí me resulta irritante por el clasismo anacrónico y la absurda mirada por encima del hombro que exhiben. Ellos no aceptan que los objetos obedezcan sólo a razones utilitarias y buscan hasta en una botella de agua un sello de distinción. Rechazan la pobreza o la enfermedad, no como el resto de los mortales porque produzcan sufrimiento, sino principalmente porque son poco estéticas y se rodean de lugares y personas atendiendo al empaque que ellos creen que les aportan y no por su valía o cualidades.

Los individuos adscritos a esta categoría generalmente tienen un bajo nivel cultural y me atrevería a decir que también un escaso coeficiente intelectual. Tapan con cosas externas su poca enjundia interior. Sin ellas quedan al aire sus pequeñas miserias y su mediocridad. Antes muerto que sencillo; yo más bien diría, antes bobo que normal. Porque, ¿acaso no es bobaliconería desechar fieles amistades o bondadosos familiares porque no están a la altura del mundo frivolón al que quieren pertenecer a toda costa?. ¿No denotan cierta deficiencia mental al perder el culo por relacionarse con personas vacías e interesadas que los van a dejar tirados a la primera de cambio?.

Woody Allen en Match Point o Patricia Highsmith con Mister Ripley se acercan a hombres pobres obsesionados con la gente adinerada con la que se relacionan y a la que tratan de suplantar. Algo parecido pasa en Retorno a Brideshead o Una familia con clase, y en todos los casos siempre desde un punto de vista trágico. Los pijos de fuera son envidiados y admirados y al final resultan víctimas de los demás o de su propio mundo. En España, en cambio, no hacen falta grandes mansiones o suculentas cuentas corrientas para entrar en el club porque aquí cuentan más las formas que los fondos y cualquiera da el pego. En nuestro país generalmente resultan graciosos y, aunque puedan llegar a parecer bastante ridículos e incluso grotescos, siempre nos sacan una sonrisa por el infantilismo de sus nombres y su inofensiva y superficial puesta en escena.



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