El sábado era el cumpleaños de alguien muy especial para mí. Sin él yo no estaría aquí, a él le debo el 50% de mi código genético. De él he heredado mi poca melanina y un vello ralo y también a veces mi mal carácter y mis inseguridades. Quería escribir este post ese día a modo de pequeño homenaje, pero me dejé el portátil en casa de mi madre y no pude hacerlo.
Era un hombre con muchos defectos, con mucho carácter y muchos miedos. A menudo acababa con la paciencia de los que estábamos cerca. Por eso sólo los que estuvimos a su lado a lo largo de los años tuvimos la oportunidad de conocer también sus cosas buenas, y las que tenía eran buenas de verdad, a veces admirables.
Hace siete meses que murió y nos seguimos acordando mucho de él. Las primeras semanas continuamente y con mucha pena y ahora de forma más espaciada y serena.
Los psicólogos dicen que cuando se muere alguien tan cercano irremediablemente aparecen dos sentimientos de duelo, la tristeza y la añoranza. La tristeza viene cuando perdemos a alguien querido, pero con el que no teníamos un trato habitual. La añoranza cuando era alguien frecuentado. En el caso de un padre es inevitable que surjan los dos, por eso es más difícil remontarlo.
También es fácil idealizarlo y recordar sólo lo bueno, debe de ser un mecanismo inconsciente de defensa. Yo me he quejado de él en público algunas veces y después me he arrepentido. Ahora que ya no está y que ha habido unos meses para asimilarlo, al hacer balance me quedo con un sentimiento enorme de ternura y una admiración profunda por la manera de afrontar sus últimos días. Su paciencia, su valentía, su agradecimiento, el amor que nos tenía y lo orgulloso que estaba de su familia. Sentimientos que escondía seguramente por pudor y que costaba reconocer debajo de su cáscara de hombre arisco. En el fondo era un niño grande, un niño demasiado sensible para la dureza del mundo que le tocó vivir.
También es fácil idealizarlo y recordar sólo lo bueno, debe de ser un mecanismo inconsciente de defensa. Yo me he quejado de él en público algunas veces y después me he arrepentido. Ahora que ya no está y que ha habido unos meses para asimilarlo, al hacer balance me quedo con un sentimiento enorme de ternura y una admiración profunda por la manera de afrontar sus últimos días. Su paciencia, su valentía, su agradecimiento, el amor que nos tenía y lo orgulloso que estaba de su familia. Sentimientos que escondía seguramente por pudor y que costaba reconocer debajo de su cáscara de hombre arisco. En el fondo era un niño grande, un niño demasiado sensible para la dureza del mundo que le tocó vivir.
Por eso hoy, aunque con dos días de retraso, recuerdo aquí tu cumpleaños en lo que pretende ser un amoroso y público reconocimiento.
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