Mi amiga MJ me pide fotos del viaje a Venecia y he pensado que en lugar de mandarlas por correo, que no van a caber y va a recibir un paquete gigante, aprovecho el blog y se las hago llegar con texto incluido. Así que ¡va por ti guapa!.Venecia es una joyita a la que parece que le sacan brillo por las mañanas. Cuando yo estuve lució el sol todos los días, a pesar de que, como diría mi madre, hacía un frío negro. Brillan las aguas de la laguna desde que amanece muy temprano hasta el atardecer, brillan los caballos de su loggia (a los originales incluso se les hizo adrede unas ralladuras para que no deslumbraran al personal), brillan los apliques dorados de sus góndolas y
brillan las teselas también doradas de la impresionante basílica bizantina de San Marcos. Aunque no estuviera rodeada de agua, Venecia seguiría siendo una preciosidad por sus callecitas estrechas, sus plazas, que allí llaman campos porque antes estaban cubiertas de hierba, sus iglesias, puentes y palacetes.
Me faltó tiempo para ver todo lo que hubiera querido y cuando llegué a Valencia estaba exhausta y muy resfriada, pero Venecia bien vale esos incovenientes.
El apartamento, muy acogedor y luminoso, estaba en el tercer y último piso de un viejo edificio del barrio de Cannareggio. Los venecianos son más bien antipáticos, a veces rozan la mala educación, y al ser una ciudad tan turística es cara; el vaporeto o un café nos
cuesta más del doble que a los que viven allí. Hubo momentos inolvidables, como las vistas desde el Campanile con un viento y un frío enormes, todavía me acuerdo de la cara de horror de un turista japonés. El gondolero que nos paseó por el Gran Canal, aunque dijo que no sabía cantar, al final nos deleitó con alguna cancioncilla de por allí, creo que nos tocó el más simpático de todos, y la última noche cenamos espaguetti frutti di mare en un restaurante recomendado por nuestro amigo Gonzalo. Allí tuve la oportunidad de probar un prosecco, vino blanco parecido al cava, y el digestivo sgropino, una obra de arte que si la encuentro por aquí os la voy a dar a probar.
Han sido cuatro días muy intensos y agotadores y aprovecho para agradecer a Alejandro y Amelia, que conocen bien la ciudad, sus recomendaciones. De nuevo a Gonzalo por su interés en que fuéramos a cenar a Da Roberto en San Zaccharia y a todos las personas que nos han tratado con cariño y nos han ayudado: el abuelito veneciano que nos explicó una dirección en su inglés facilón, el chico guapo del uniforme que nos ayudó una noche que andábamos perdidas, el vidriero de New Yersey, un tesorito que nos enseñó las ventanas del apartamento donde vivía al lado del puente de la Academia, al que nos piropeó con un bellisimi tutti en el bareto de al lado de casa e incluso a la viejita del primero, a pesar de que se nos quejaba siempre por no chiudere piano la porta.
El apartamento, muy acogedor y luminoso, estaba en el tercer y último piso de un viejo edificio del barrio de Cannareggio. Los venecianos son más bien antipáticos, a veces rozan la mala educación, y al ser una ciudad tan turística es cara; el vaporeto o un café nos
cuesta más del doble que a los que viven allí. Hubo momentos inolvidables, como las vistas desde el Campanile con un viento y un frío enormes, todavía me acuerdo de la cara de horror de un turista japonés. El gondolero que nos paseó por el Gran Canal, aunque dijo que no sabía cantar, al final nos deleitó con alguna cancioncilla de por allí, creo que nos tocó el más simpático de todos, y la última noche cenamos espaguetti frutti di mare en un restaurante recomendado por nuestro amigo Gonzalo. Allí tuve la oportunidad de probar un prosecco, vino blanco parecido al cava, y el digestivo sgropino, una obra de arte que si la encuentro por aquí os la voy a dar a probar.Han sido cuatro días muy intensos y agotadores y aprovecho para agradecer a Alejandro y Amelia, que conocen bien la ciudad, sus recomendaciones. De nuevo a Gonzalo por su interés en que fuéramos a cenar a Da Roberto en San Zaccharia y a todos las personas que nos han tratado con cariño y nos han ayudado: el abuelito veneciano que nos explicó una dirección en su inglés facilón, el chico guapo del uniforme que nos ayudó una noche que andábamos perdidas, el vidriero de New Yersey, un tesorito que nos enseñó las ventanas del apartamento donde vivía al lado del puente de la Academia, al que nos piropeó con un bellisimi tutti en el bareto de al lado de casa e incluso a la viejita del primero, a pesar de que se nos quejaba siempre por no chiudere piano la porta.




2 comentarios:
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