Inauguré ayer la nueva estación estrenando unas sandalias relucientes que dejaban ver unos pies todavía tiernos y níveos, marcados por las rozaduras del calzado de invierno. Y me he lanzado a las tiendas a buscar ropa desesperadamente porque unos kilos de más se han instalado en mi barriga insidiosamente. Una pequeña prominencia que, obstinada, se resiste a desaparecer a pesar de dietas, masajes y ejercicios varios.
Oigo en la radio que, paradójicamente, los países pobres empiezan a ser carne de cañón para la obesidad. La comida basura, con sus grasas saturadas y sus bajos precios, inundan las alacenas de hogares, bares y restaurantes de todo el mundo. Incluso se especula que muy pronto dejaremos de ver niños africanos con el vientre abultado por la hambruna para dar paso a una generación de negritos con sobrepeso mórbido y arterias cargadas de colesterol asesino.
Dicen que es en los hoteles de lujo donde los clientes gastan menos en comida y Estados Unidos ha establecido un nuevo criterio para determinar la clase social, la talla, que ha de ser inversamente proporcional a la cuenta corriente del sujeto en cuestión.
Ante este estado de cosas sólo nos queda disfrutar mientras podamos de la dieta mediterránea, no vaya a ser que dentro de poco comerse una lechuga o un plato de verdura se convierta en un lujo sólo al alcance de unos privilegiados, obscenamente delgados y saludables en medio de una chusma oronda y vulgar.
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