sábado, 12 de septiembre de 2009
Guinness y caldereta
viernes, 29 de mayo de 2009
No puedo hacer que me quieras
A partir de esta frase, Redi y Allen Shamblin, autores de música country, hicieron una preciosa canción que Bonnie Raitt incluyó en su álbum Luck of the Draw en 1991.
I can't make you love me es considerada por muchos una de las mejores canciones de la historia. Han salido algunas versiones más, pero ninguna podrá igualar la original, si acaso la de George Michael.
La conjunción de la letra, tan bonita, tan lúcida, la suave armonía de la música y la femenina y rotunda voz de Bonnie conmueven hasta la médula. Tal cúmulo de talento ha generado una obra de arte que no deja de asombrarme. Todos los involucrados en esta historia tienen mi reconocimiento, el autor de la frase, el periodista que la recogió, el juez al que se le ocurrió la pregunta adecuada, a Reid por la idea, a Shamblin por creer en ella y por supuesto a Bonnie y a todos los que contribuyeron al resultado final.
La canción transforma una relación real y desequilibrada en un desamor aceptado con honestidad y elegancia:
"No me digas mentiras, sólo agárrame fuerte y no seas complaciente conmigo ya que no puedo hacer que me ames si tú no quieres. Tú no puedes hacer que tu corazón sienta algo que no sentirá".
Bonnie Raitt declaró en 2002 que ama esta canción y que "es un momento sagrado compartir con el público ese dolor intenso". Viéndola cantar se nota que tiene que contenerse y soltar su chorro de voz a trocitos, saboreando cada sílaba y dejando resbalar los sonidos de sus portentosas cuerdas vocales por los vaivenes de la melodía.
miércoles, 29 de abril de 2009
De nuevo, el amor
Doris Lessing. De nuevo, el amor. 1995
Premio Nobel de Literatura 2007
domingo, 12 de abril de 2009
English lessons
Ni una cosa ni la otra. A la única que pago directamente sus honorarios es a I., mi profe particular, con la que hablo en la penumbra de la biblioteca o entre el desorden de la sala de la fotocopiadora en el trabajo. Los otros dos pertenecen a dos mundos bien distantes; uno desde un curso avanzado y el otro desde la consolidación oral de un preintermedio, hacen de mi desnivelada vida estudiantil una esquizofrenia curiosa, reconozco que a veces hasta graciosa.
El primero de ellos, vamos a llamarlo X, que ostenta la figura de mero examinador y entregador de fotocopias en un centro oficial, me ignora, mientras que Y, que está contratado por la empresa para aumentar nuestra habilidad oral sin calificaciones de por medio, se interesa cuando falto a clase y pregunta por mí a mis compañeras de pupitre. En las clases de X soy una oyente casi autista y sólo contesto cuando se me pregunta. Me entero del 20% de lo que pasa en el aula e intento seguir como puedo el ritmo de los demás. En las de Y el nivel es mucho más bajo y mi participación y autoestima mayor. Intento compensar aquí lo que por vergüenza y miedo no hago allá.
¿Que cómo van mis progresos en inglés? Pues, como no podía ser de otra forma, lentos pero seguros. Las dos personas que hay en mí, como los dos enseñantes, trabajan a destiempo y esto ralentiza el aprendizaje. De momento hemos mejorado en la composición escrita y en la gramática, pero un tapón mental me impide identificar los sonidos de la fonética inglesa que se expanden por el aire, ya sea de forma directa o a través de una grabación.
El día que se caiga ese tapón seré un poco más feliz; quizá ese día el examinador, X, y el afianzador, Y, resulten equivalentes a ambos lados de la ecuación y acabe esta doble vida que llevo. Entonces sentiré que estoy, por fin, en el lugar adecuado.
lunes, 30 de marzo de 2009
Pijo a la española
Siempre he pensado que esta impostura, que en algunos parece tan natural, puede ser un valor añadido en profesiones como modisto, estilista o decorador, algo así como una pátina de genialidad artística que los distingue del resto de asalariados que se tienen que conformar con vulgares trabajos alimenticios. Si un amanerado peluquero con una imagen superfashion es el encargado de modernizar mi melena, sin duda pensaría que estoy en buenas manos y me arrellanaría confiada en el sillón lavacabezas esperando con ilusión ver mi nuevo look en el espejo; sin embargo, saldría corriendo si el médico que me va a operar a corazón abierto me informara de los riesgos que voy a tener en la mesa de operaciones atusándose la melena y jurándome por Snoopy que la cicatriz no se notará y voy a quedar divinamente.
El esnobismo, que puede llegar a disculparse en determinadas ocupaciones o en aquéllos que están avocados genética y ambientalmente a ello (no me imagino a Tamara Falcó hablando o comportándose de otra forma), resulta doblemente ridículo en los advenedizos del quiero y no puedo, y ya sé que en este punto corro el riesgo de parecer discriminatoria.
Ese afán por parecer superguay, de distinguirse con sus ademanes de la plebe y rodearse compulsivamente de cosas caras y bellas denota una inseguridad que, aún digna de conmiseración, a mí me resulta irritante por el clasismo anacrónico y la absurda mirada por encima del hombro que exhiben. Ellos no aceptan que los objetos obedezcan sólo a razones utilitarias y buscan hasta en una botella de agua un sello de distinción. Rechazan la pobreza o la enfermedad, no como el resto de los mortales porque produzcan sufrimiento, sino principalmente porque son poco estéticas y se rodean de lugares y personas atendiendo al empaque que ellos creen que les aportan y no por su valía o cualidades.
Los individuos adscritos a esta categoría generalmente tienen un bajo nivel cultural y me atrevería a decir que también un escaso coeficiente intelectual. Tapan con cosas externas su poca enjundia interior. Sin ellas quedan al aire sus pequeñas miserias y su mediocridad. Antes muerto que sencillo; yo más bien diría, antes bobo que normal. Porque, ¿acaso no es bobaliconería desechar fieles amistades o bondadosos familiares porque no están a la altura del mundo frivolón al que quieren pertenecer a toda costa?. ¿No denotan cierta deficiencia mental al perder el culo por relacionarse con personas vacías e interesadas que los van a dejar tirados a la primera de cambio?.
Woody Allen en Match Point o Patricia Highsmith con Mister Ripley se acercan a hombres pobres obsesionados con la gente adinerada con la que se relacionan y a la que tratan de suplantar. Algo parecido pasa en Retorno a Brideshead o Una familia con clase, y en todos los casos siempre desde un punto de vista trágico. Los pijos de fuera son envidiados y admirados y al final resultan víctimas de los demás o de su propio mundo. En España, en cambio, no hacen falta grandes mansiones o suculentas cuentas corrientas para entrar en el club porque aquí cuentan más las formas que los fondos y cualquiera da el pego. En nuestro país generalmente resultan graciosos y, aunque puedan llegar a parecer bastante ridículos e incluso grotescos, siempre nos sacan una sonrisa por el infantilismo de sus nombres y su inofensiva y superficial puesta en escena.
viernes, 27 de marzo de 2009
Venecia para las amigas
Mi amiga MJ me pide fotos del viaje a Venecia y he pensado que en lugar de mandarlas por correo, que no van a caber y va a recibir un paquete gigante, aprovecho el blog y se las hago llegar con texto incluido. Así que ¡va por ti guapa!.Venecia es una joyita a la que parece que le sacan brillo por las mañanas. Cuando yo estuve lució el sol todos los días, a pesar de que, como diría mi madre, hacía un frío negro. Brillan las aguas de la laguna desde que amanece muy temprano hasta el atardecer, brillan los caballos de su loggia (a los originales incluso se les hizo adrede unas ralladuras para que no deslumbraran al personal), brillan los apliques dorados de sus góndolas y
brillan las teselas también doradas de la impresionante basílica bizantina de San Marcos. Aunque no estuviera rodeada de agua, Venecia seguiría siendo una preciosidad por sus callecitas estrechas, sus plazas, que allí llaman campos porque antes estaban cubiertas de hierba, sus iglesias, puentes y palacetes.
El apartamento, muy acogedor y luminoso, estaba en el tercer y último piso de un viejo edificio del barrio de Cannareggio. Los venecianos son más bien antipáticos, a veces rozan la mala educación, y al ser una ciudad tan turística es cara; el vaporeto o un café nos
cuesta más del doble que a los que viven allí. Hubo momentos inolvidables, como las vistas desde el Campanile con un viento y un frío enormes, todavía me acuerdo de la cara de horror de un turista japonés. El gondolero que nos paseó por el Gran Canal, aunque dijo que no sabía cantar, al final nos deleitó con alguna cancioncilla de por allí, creo que nos tocó el más simpático de todos, y la última noche cenamos espaguetti frutti di mare en un restaurante recomendado por nuestro amigo Gonzalo. Allí tuve la oportunidad de probar un prosecco, vino blanco parecido al cava, y el digestivo sgropino, una obra de arte que si la encuentro por aquí os la voy a dar a probar.Han sido cuatro días muy intensos y agotadores y aprovecho para agradecer a Alejandro y Amelia, que conocen bien la ciudad, sus recomendaciones. De nuevo a Gonzalo por su interés en que fuéramos a cenar a Da Roberto en San Zaccharia y a todos las personas que nos han tratado con cariño y nos han ayudado: el abuelito veneciano que nos explicó una dirección en su inglés facilón, el chico guapo del uniforme que nos ayudó una noche que andábamos perdidas, el vidriero de New Yersey, un tesorito que nos enseñó las ventanas del apartamento donde vivía al lado del puente de la Academia, al que nos piropeó con un bellisimi tutti en el bareto de al lado de casa e incluso a la viejita del primero, a pesar de que se nos quejaba siempre por no chiudere piano la porta.



